difuntos

 

El P. José María Cánovas del Castillo Teresa falleció el 20 de mayo del 2002, en nuestra Enfermería de Fátima, donde pasó los últimos años de su vida. Tenía 93 años de edad, 75 de Compañía y 60 años como sacerdote. Después de trabajar como sacerdote en el Colegio de Areneros de Madrid (Padre Espiritual de los primeros años de Bachillerato), donde tuvo entre sus alumnos a Mons. García de la Rasilla, el año 1946 partió para el Perú. Pasó varios años en Arequipa. Luego trabajó en Tacna, donde es muy querido. Se le recuerda como el fundador de los Cursillos de Cristiandad en esa ciudad (los primeros que los dieron vinieron de Arica). Atendía de manera especial a los novios y matrimonios jóvenes (por lo que le llamaban cariñosamente “casanovias”). Todavía muchos recuerdan que visitaba a los matrimonios en sus casas, e incluso les cocinaba la “tortilla de papas”, y siempre llevaba los bolsillos llenos de caramelos para los niños que se encontraba. Estuvo en Tacna hasta alrededor del año 1974, y luego desarrolló un amplio trabajo pastoral en Cusco, donde se le recuerda sobre todo por su trabajo en los hospitales de la ciudad.

La Misa de Exequias se celebró en el Templo Parroquial, presidida por el P. Socio, y la homilía estuvo a cargo del P. Justo González-Tarrío, su Padre Espiritual. Concelebraron treinta y cinco sacerdotes y, a continuación, fue enterrado en el Cementerio de Villa Kostka, Huachipa.

El P. Gonzalo Puerta González falleció el 23 de mayo de 1968 en Santa María de Nieva, donde está enterrado junto al altar de la Iglesia. Tenía 58 años de edad y 41 en la Compañía, Misionero insigne de los tiempos heroicos del Vicariato, un pueblo de la zona lleva el nombre de Villa Gonzalo, en su homenaje.

El P. Carlos Spallarossa Pozzo falleció el 25 de mayo del año 2008 en nuestra Enfermería de Fátima, a los 90 años de edad, 62 años en la Compañía, y 51 como sacerdote. «Había nacido en Bogliasco, Génova en el año 1918. Llegado a Lima como inmigrante, y luego de varios años como empresario de éxito, ingresó a la Compañía con 28 años cumplidos. De sus años de estudiante jesuita, sus connovicios y contemporáneos lo recuerdan como hombre alegre, bromista, lleno de vitalidad y energía. Nunca perdió esas características. Hizo sus estudios de Humanidades en Lima, de Filosofía en Chamartín y en Granada los de Teología. Se ordenó de sacerdote en Madrid, en julio de 1956, después de diez intensos años de preparación.

A su regreso al Perú, fue destinado a Arequipa y allí vivió con una intensidad sin límites su pasión por los pobres y con ellos. Desde sus comienzos se preocupó del mundo obrero. Ya en el 1959, al año siguiente del gran terremoto que asoló Arequipa, fundó los Círculos Católicos (CIRCA) y a esa obra dedicó toda su vida sacerdotal. Formar líderes católicos, dirigentes barriales, hombres y mujeres empeñados en la búsqueda de una vida más digna para ellos y los suyos. En esa incansable labor tocó todas las puertas e inició las más diversas actividades que uno pueda imaginar: creación de centros educativos, construcción de templos para atender y cultivar la fe de nuestras gentes, iniciativas varias para ayudar a la auto-construcción de viviendas a través de organizaciones como Habitat International, Hogar de Cristo de Chile y otras, hogares para huérfanos, centros de atención médica y no sé cuántas iniciativas más en favor de los pobres.

Fue hombre de Iglesia y todo lo hacía en función de ella.

El P. Pozzo era parte de la ciudad, la amaba profundamente, se sentía un arequipeño más. Se nacionalizó en el año 1968 y no dejó de trabajar, de luchar por la fe y la justicia que de ella se deriva en toda su vida activa. Fue hombre de carácter fuerte, con una capacidad de lucha que impresionaba y con un gran liderazgo espiritual y social. Son miles los alumnos que se forman en sus Colegios, los que gozan de la atención espiritual en los templos construidos por él y sus colaboradores. Miles las personas que lo reconocen como un hombre que pasó por la vida, imitando a Jesús, haciendo el bien. Allá donde no llegaban a cubrirse las necesidades básicas de nuestro pueblo, acudía él y con su creatividad respondía a ellas. 

El P. Pozzo fue un jesuita laborioso, dedicado a los más necesitados que soñaba con una sociedad más justa, más honesta. Buscó hacer realidad sus sueños acompañado por otros jesuitas y sacerdotes, por religiosas, por laicos y laicas a quienes quiso mucho y con los que se sintió identificado en su búsqueda del Reino de Dios. (De la nota enviada en su fallecimiento por el P. Provincial de ese año, P. Carlos Rodríguez Arana SJ)