El pesebre en el que cada año colocamos al niño Jesús representa, con claridad, a un niño rey sin reino. El mensaje de la Navidad está, precisamente, en reflexionar sobre esa contradicción, la cual debe llevarnos a salir de la inercia que nos impide sentir la vida y hace que miremos siempre en otra dirección.

Una de las primeras personas que escribió sobre las contradicciones de la vida fue el filósofo Heráclito de Éfeso (s.VI-V a. C.). No solo decía que todo fluía incesantemente y que nadie era el mismo en dos momentos diferentes, sino que lo común en este fluir era la guerra y las oposiciones. Así tenemos diversas tensiones que podemos reconocer con relativa facilidad: día y noche, luz y oscuridad, paz y guerra, alto y bajo, frío y caliente, entre otras. Las contradicciones componen nuestra vida cotidiana; la historia está llena de ellas; la política hablará de fuerzas antagónicas; la psicología, de conflictos; la antropología estructuralista mostrará cómo las oposiciones y semejanzas constituyen a las culturas.

También se hablará de contradicción en un sentido peyorativo para subrayar las deficiencias de una persona que dice una cosa pero hace otra. A todos nos ha pasado ser descubiertos en una contradicción y, verdad sea dicha, no nos agrada ser sorprendidos porque en tal situación nos sentimos desnudos y sin capacidad para responder. Los más seguros de sí atinarán a responder disculpándose por la flagrante contradicción; otros muchos (demasiados), intentarán inútilmente justificarse como si se pudiese tapar el sol con un dedo. Los más histéricos intentarán incluso construir una historia para explicar cómo ellos terminaron siendo víctimas de una extraña confabulación de las circunstancias.

Asímismo, habría que recordar que algunas contradicciones son muy propias de nuestra cultura global; las hay banales como hacer un nacimiento a Jesús sin tener ninguna relación con lo que representa o querer que mi hijo se bautice cuando no tengo ninguna relación con la Iglesia; las hay serias, como discurrir sobre ética mientras se roba o alteran cuentas para beneficio propio. Estas últimas son las más nefastas porque comprometen la posibilidad de hacer el bien.

Ahora bien, es obvio que Jesús tiene por consigna hacer el bien, pero su nacimiento hace más de dos milenios, es una pedagogía en la que todo se nos comunica bajo el signo de la contradicción. De inmediato hay que pensar qué se nos comunica y cómo ocurre bajo el signo de la contradicción.

Atendamos a la segunda pregunta para ilustrar la contradicción en Jesucristo. Nuestro Mesías es un rey sin reino, o mejor dicho, su reino no es de este mundo, por eso se suele decir que Dios renuncia a su posición de fuerza o ventaja, cosa que casi ninguna persona con sentido común haría. Y para mostrarlo mejor, quienes acompañan a Jesús en el pesebre son sus padres, un número impreciso de desconocidos pastores, y las bestias que se alimentarían a su costado mirándolo con esos enormes ojos que traen los vacunos. ¿Esta es la corte de un rey? ¿Esta es su riqueza? Pues de esto se trata ya que esta es la condición de este recién nacido. Tenemos que dejar que esta contradicción nos hable.

¿Qué nos dice esta contradicción de un niño rey sin reino? Jesús vivirá el resto de su vida bajo el signo de la contradicción y no porque haya escogido ser inconsecuente, sino en efecto porque no será comprendido y sobre todo porque su reino tiene que construirse. Incluso sus discípulos son los primeros que le piden o le proponen conquistas que no están en la óptica de Jesús. La contradicción nos choca: la huida, la falta de espacio para albergarse, el pesebre, los bueyes y vacas. Lo que deberíamos encontrar en el pesebre es un antídoto contra la inercia que nos hace funcionar en automático sin sentir la vida y sin hacerla nuestra en un gesto cotidiano de gozo. Basta de mirar en otra dirección. Hay que mirar dentro del pesebre y mirar bien.

P. Rafael Fernández, SJ
Docente principal de la Escuela de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Publicado en RPP Noticias (08/01/19)

 

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