Hno. Rafael Arándiga y P. Alberto Mazarro

 

El Hno. Rafael Arándiga Sáez falleció en Lima el 29 de abril de 1967, a los 64 años de edad y 47 años de jesuita. La mayor parte de su vida trabajó en el Colegio de la Inmaculada, como profesor, y en otras muchas tareas, como encargado de las famosas «góndolas». “Con el método de Roma y Cartago nos hizo aprender las provincias de todos los departamentos, la gramática, y muchas poesías. Gran ejercicio de la memoria. El Hno. Arándiga era multifacético: gran fotógrafo, animador de la Banda de Guerra del Colegio, e impulsor deloss equipos de fútbol y básquet”, escribe el Ing° José Valdez Calle. Es uno de los hermanos más recordados por los exalumnos, y que por su ejemplo marcó la hitsoria de nuestra Provincia.

El P. Alberto Mazarro Fenoll falleció repentinamente el 28 de abril de 2005 en Trujillo, donde residió sus últimos tres años, a los 72 años de edad, 54 de Compañía, y 39 como sacerdote. “Por la mañana había ido al Seminario Diocesano a dar sus clases, en forma normal. Después de rezar las vísperas en la Capilla de la Comunidad como hacía cada tarde un poco antes de las cuatro, y cuando se preparaba para ir al despacho Parroquial, se sintió mal, e inmediatamente fue llevado a la Clínica, donde falleció a pesar de todos los esfuerzos de los médicos”, escribía el P. Adolfo Franco, quien era Superior en Trujillo..

Dedicado profesor y gran predicador, el P. Alberto Mazarro había trabajado en los Colegios de Piura y de Arequipa; en las Parroquias de Cusco, Lamud, Santo Toribio y Fátima; en la Universidad del Pacífico y en la Casa de Retiros de Chiclayo. Un extenso recorrido para un hombre que vivía el Evangelio con el mayor entusiasmo. El Movimiento de Cursillos guarda de él el recuerdo de los rollos predicados con la mayor firmeza. Y los alumnos del Pedagógico del Cusco, del ISET o del Seminario de Trujillo, le agradecerán la formación que recibieron y la fe compartida.

Después de ser velados toda la noche en Trujillo, sus restos fueron traídos a la Parroquia de Fátima, donde durante la Eucaristía se leyó el testimonio enviado desde Arequipa por el P. Manuel Cavanna. Incinerados conforme a su deseo, se depositaron en la Parroquia de Fátima, donde queda el valioso recuerdo de su trabajo pastoral.