En las reflexiones sobre los alarmantes casos de feminicidio se establece con toda razón al machismo como el principal factor que mueve a los feminicidas a otorgarse el derecho a acabar con la vida de una mujer. Y sin duda esta convicción, bastante arraigada aunque poco confesada, de una pretendida superioridad del varón es la base de todas las formas de maltrato sufridas por las mujeres, sea en la vida doméstica como en la profesional, en la política o incluso en la vida eclesial. Al mismo tiempo, parece evidente que en situaciones de maltrato extremo la fragilidad psicológica de los agresores juega también un rol importante, y que por ello merecería una atención especial de parte de los movimientos comprometidos con la defensa de los derechos de las mujeres y, por supuesto, de parte del mismo Estado.

Reconocer que muchos de los feminicidas evidencian dificultades psicológicas no significa, por supuesto, atenuar el peso del machismo como caldo de cultivo de la violencia contra la mujer. Significa sí reconocer que el machismo actúa coludido con otros problemas sociales que tenemos que ser capaces de detectar si queremos frenar este espiral de violencia. En este sentido, no es ningún secreto que nuestra cultura, siendo tan cambiante y auto referencial, tiende a retardar la madurez y a exaltar la sensibilidad en desmedro del equilibrio emocional. Y que esto, sumado a circunstancias difíciles de vida como la pobreza, la soledad y la superficialidad, puede producir desórdenes psicológicos que en muchos casos bloquean la capacidad de discernimiento y dejan a la persona a merced de sus impulsos y prejuicios.

El maltrato a la mujer en nuestra sociedad hunde, pues, sus raíces en un machismo estructural, el cual solo una educación verdaderamente humanística podrá superar. Ahora bien, en muchas situaciones extremas, allí donde una buena salud psicológica puede frenar un arrebato machista, un desequilibrio mental puede ser, por el contrario, el factor desencadenante de una acción violenta. De allí la importancia no solo de hacer más accesible la ayuda profesional a quienes puedan necesitarla, sino sobre todo de promover ambientes familiares más sanos, liberadores, capaces de enseñar a vivir con el conflicto y de cultivar, por encima de todo, el aprecio por la vida.

P. Deyvi Astudillo, SJ
Responsable de Vocaciones Jesuitas
Publicado el 11/02/2019 en Diario La República

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